domingo, 14 de abril de 2013

Lo que puede venir

14 de abril de 2013, día de la II República Española

El mundo se aproxima sigilosamente y a media voz hacia una nueva guerra mundial. Periódicamente aparecen voces que quieren hacernos tranquilizar, pero en la retaguardia los ejércitos de los principales países y las principales plataformas bélicas en juego se preparan y ponen a punto sus destacamentos para lo que viene. 

Los economistas insisten en que la crisis mundial que estamos atravesando se parece mucho más a la de 1929 que a la del petróleo de 1973. El crack financiero de 1929 se produjo entre dos guerras mundiales, y tuvo como corolario la pérdida de financiación de las principales economías de Norteamérica, la devaluación del valor del dinero y la consiguiente deflación de las economías (hundimiento del precio de los bienes). La pobreza se generalizó, y con ello el hambre. Las economías occidentales salieron de aquella crisis poniendo en marcha los primeros planes del Estado de bienestar (de socialización de la riqueza), en consonancia con el capitalismo y sus intereses para superar su propia crisis, el resultado fue que se engordó aún más la deuda de los países y una nueva guerra mundial se gestó al cabo de la crisis económica, que echó por tierra los esfuerzos socializadores del bienestar (en sanidad, educación, bienes de consumo, etc.). De la crisis social, económica y militar de la primera mitad del Siglo XX salimos con un mundo dividido en dos mitades (políticas, económicas y culturales) y embarcados en planes de capitalización e industrialización intensiva que permitieron la reconstrucción de las economías de Europa y la hegemonía indiscutible de EE.UU. en el mundo capitalista, por un lado, y de la URSS en el mundo socialista, por otro.

Entre medias de las dos grandes guerras del Siglo XX hubo un breve periodo de paz en donde pareció que el destino trágico de las guerras se hubiera disipado tras la carnicería de la primera guerra mundial, fue en la década de 1920, cuando se creyó que la Humanidad había escarmentado y que se ponían los cimientos de un progreso civilizado y en paz de las naciones. Pero el final de la I Guerra Mundial no se había hecho todo lo limpiamente que hubiera sido deseable, las potencias vencedoras de la guerra impusieron unos planes de reparación cainitas a Alemania que sólo sirvieron para que en este país cundiera el resentimiento y la desazón, que la crisis económica subsiguiente contribuyó a aumentar. El nacionalismo económico y político como respuesta, sirvió para contrarrestar la crisis y reponer el orgullo patrio herido. Para el capitalismo, también sirvió como medio para enfrentar un peligro aún mayor que se gestaba en las sociedades capitalistas, el peligro de una clase obrera consciente y en crecimiento, que encontraba en las ideas socialistas y en la URSS un ejemplo de lucha y de organización social, política y económica. 

La década de 1990 del siglo pasado vio desmoronarse todo ese bloque de países socialistas que se forjó en las décadas inmediatamente anteriores. La crisis económica y política que atravesó el mundo en la década de 1970 (guerra de Vietnam, crisis del petróleo, procesos de descolonización), y que en un primer momento parecía que iba a ganar el bloque socialista, terminó por cebarse con las economías de esos países gestionadas mediante la centralización socializada de la producción y los acuerdos económicos de mutua cooperación, que no se basaban en el beneficio económico de las ventajas competitivas sino en el intercambio económico de la producción sobrante (la URSS enviaba cereales a Cuba a precio de producción y a cambio recibía de esta plátanos, por ejemplo; la Unión Europea hoy, en cambio, pone una "cuota de producción" para cada país, de tal forma que España, que es autosuficiente en productos lácteos, pueda competir en "igualdad de oportunidades" con los productos lácteos de otros países dentro del mercado de la UE, siendo teóricamente el "consumidor europeo" quien decide la leche del país que quiere comprar). 

El mundo capitalista sorteó la crisis de los 70 y se la hizo pagar al mundo socialista. Cómo, descompensando la relación comercial con estos países, garantizando una relación ventajosa con los países productores de petróleo a través de acuerdos comerciales bilaterales basados en la relación petróleo por dólares, e imponiendo un bloque económico a los países socialistas en bienes de consumo, especialmente en equipos tecnológicos (pretextando la guerra fría).  La punta de lanza de esa política agresiva en contra de los países socialistas fue la "guerra de las galaxias"; una supuesta política de defensa de EE.UU. que garantizaría su inmunidad contra los misiles nucleares soviéticos. Esta agresiva política defensiva supuso el refuerzo de las bases de misiles estadounidenses en Europa y la intensificación de la guerra de propaganda contra el bloque socialista, cuya unidad, así como la unidad de la izquierda occidental, había quedado puesta en tela de juicio tras la crisis política de Checoslovaquia de 1968. 

La respuesta soviética a la agresiva política reaganiana provino de un hombre joven que se había curtido en política en las provincias, Mijaíl Gorbachov. Gorbachov, cuyos inicios despertaron suspicacias en Occidente por su perfil "oficialista", pronto dio un giro a la situación iniciando un acercamiento al mundo capitalista y tomando la iniciativa en la política de desarme nuclear, empujando en esa dirección a su contraparte norteamericana.

El lúgubre mundo de los 80 se iba alejando, así como la amenaza de una guerra nuclear mundial. Pero la "asunción de responsabilidades" del mundo socialista fue tan lejos que llevó a la propia desintegración de aquel sistema y a su incorporación casi total al mundo capitalista. Ahora bien, que el mundo de la libertad comercial ganara en extensión no quiere decir que las crisis del capitalismo desaparecieran. De hecho, se cebaron con el mundo ex-socialista: su sector público sufrió un duro golpe, se privatizaron unas empresas y se cerraron otras, los países del antiguo bloque oriental sufrieron una desindustrialización relativa, con el consiguiente paro, pobreza y emigración de su población. A lo que hay que añadir que el terreno que no podía ganar el capitalismo por la rendición de sus élites políticas lo ganaba mediante la guerra: esos "felices años 90" caracterizados por el triunfo económico del capitalismo, también fueron los años de una larguísima, dolorosísima y muy sangrienta guerra en Yugoslavia que, poco a poco, fue desgajando repúblicas y territorios del país hasta hacer de Yugoslavia un recuerdo de los libros de historia, como antes ocurrió con la URSS.

Y cuando ya parecía que habíamos pasado lo peor, cuando nos desperezábamos de la crisis de las empresas punto com (la burbuja de internet), llegó el 9 de septiembre de 2001 y la "guerra contra el terror". Muchos se han preguntado si el 9 de septiembre de 2001 no es un nuevo capítulo de los autoatentados y de los chivos expiatorios para dar un golpe de Estado y preparar una nueva guerra de agresión, como lo fue el incendio del Reichstag (del que se acusó falsamente a los comunistas) para que los nazis se apropiaran de todo el poder del Estado alemán y prepararan su guerra europea (que devendría en la II Guerra Mundial).


A la guerra contra el terror se embarcó a todo un país (EE.UU.), inundado de patriotismo, y al resto del mundo, por la compasión que despertaba el país que había sufrido el atentado. EE.UU., lleno de ardor patriótico y pasión justiciera, se lanzó a conquistar países por el mundo, construyendo su propia prisión para tales efectos en Guantánamo (Cuba). La "guerra contra el terror" aceleró la máquina de hacer dinero del capitalismo, necesitaba liquidez, y se embarcó en una nueva burbuja financiera, la inmobiliaria. Crédito fácil para la construcción y compra de viviendas. Esta nueva burbuja financiera, tras la de internet, y en medio de una guerra global que suponía un nuevo reparto de los recursos energéticos y reconstrucción de países, se extendió por todo el mundo. Porque hay un viejo dicho entre los comunistas: cuando el capitalismo va a la guerra, la guerra la pagamos todos (y los muertos los ponen los de siempre), y el capitalismo tiene el medio para que los trabajadores paguen sus guerras y todo tipo de aventuras especulativas, el dólar. También es cierto que en esta nueva empresa bélica el dólar ha dejado de ser una moneda de refugio, porque ha aparecido el euro. Pero el euro resulta que también ha sido una víctima de esta nueva crisis económica generada por la voracidad y destructividad del capitalismo norteamericano. 

De manera que cuando la burbuja inmobiliaria pincha, en plena resaca de la guerra contra el terror, nos encontramos con una zona euro que paulatinamente empieza a darse cuenta de la aventura económica y militar en la que la ha metido EE.UU. Unos países se van a enterar antes que otros, unos países van a capear mejor el temporal que otros, pero al final todos los países de la zona euro se van a dar cuenta. 

Contra la resaca de la “guerra contra el terror”/burbuja financiera se ha actuado revitalizando los planes de socialización capitalista que el capitalismo impulsó tras la crisis de 1929 (keynesianismo), en medio de un caída lenta pero inexorable de las economías industrializadas; como esta receta ("de los brotes verdes") ha sido insuficiente para evitar lo inexorable (la depresión de la economía, tocar fondo) llega de nuevo el capitalismo con sus viejas recetas para "reactivar" la economía: guerra militar, y guerra económica y social. En definitiva, prolongar el robo a las rentas más humildes para que no sean las otras, las más gordas, las que tengan que pagar el pato por mantener un sistema (el capitalista) que es, precisamente, la razón de ser de todas las injusticias sociales, de todos los crímenes de este mundo y de todas las guerras.

Y en estas estamos, con guerras y planes de "shock" económicos (ajuste, privatización, recorte). Lo que parece mentira y, a juzgar por el breve recorrido histórico que hemos hecho, no lo es tanto, es que el capitalismo, precisamente, para sacarnos de su crisis, nos vuelva a meter en una empresa bélica mil veces mayor que todas las que se han desarrollado.

Porque parece que es a eso a lo que nos aboca, sigilosamente y a media voz. La destrucción de Libia tiene como consecuencia un país inestable y sin una autoridad clara. La crisis militar en Libia se extiende a los países fronterizos (Mali, Argelia). La anterior destrucción de Irak tampoco ha dado lugar a un país seguro y con perspectivas de progreso, sino a un país inseguro e inestable, con periódicos episodios muy sangrientos de terrorismo. Además, la crisis regional, con protestas sociales y episodios de terrorismo, se extiende a Yemen, a Barein. En Siria, americanos y europeos sueñan con reproducir el escenario libio, teniendo al lado a un Irak que ya sufre lo que supone ese tipo de aventuras, y a un Irán totalmente enfrentado a Israel, y para el que cualquier cambio de status en Siria supondría una amenaza para su propia estabilidad... Eso por no hablar de Turquía, de Líbano, de Israel (que ya ha atacado DOS VECES a Siria).

Y como una sola crisis regional no parece que al capitalismo le preocupe (*). Recalienta también la situación en el extremo este, en el Mar de China. Se presiona a Corea del Norte con sanciones diplomáticas y económicas, Corea del Norte responde cortando cualquier relación con quienes considera sus agresores y enemigos, y se declara en Estado de Guerra.

Con una salvedad, la próxima gran guerra, la próxima guerra mundial, puede que ya no cuente con el mismo número de efectivos humanos que fueron necesarios para las dos guerras mundiales anteriores. Pero cuenta con armas mil veces más destructivas que las que se emplearon en aquellas guerras (con excepción de las bombas nucleares lanzadas sobre las poblaciones Hiroshima y Nagasaki, por cierto lanzadas por EE.UU., el único país que hasta el momento ha empleado tal armamento en una guerra).

Verdaderamente, ¿quiere el capitalismo morir matando?, ¿y cuántas víctimas serán necesarias para aplacarlo?                                                                                                                                                                                              
Benito García Pedraza


(*) Dejamos a un lado la crisis de Mali, y la África Sahariana, donde EE.UU. juega en un segundo plano (su AFRICOM), dejando a las antiguas potencias coloniales europeas "que marquen la dirección" a sus ex-colonias, en ese caso la Unión Europea juega un ideal papel embellecedor de unas relaciones neo-imperialistas (ahora que se han quitado de en medio al león libio, uh).